Todo comienza con el mar, templando la oxidación de la mirada. Pequeñas tablillas, pequeños pecios en los que armonizar mis movimientos a la naturaleza de este espacio, traducir el acorde.
Luego está la muerte con su invierno. Y los muros, la ceguera y la tierra abierta. Hoy el dolor ya es el paisaje.
Así, entre las obras sordas de la ciudad y la herrumbre nueva de los días, en el aquelarre de los fuegos fatuos estamos tú y yo buscando una mirada y una imagen que sea comunión y alianza y nos salve. Aún ahora ¿cómo traerte serenidad, armonía, templanza? ¿Cómo desde la pintura restaurar el tiempo?
En la buena memoria el viejo maestro continúa repitiendo su agonía, su aciaga sentencia: “¿Qué es un hombre sin paisaje? Nada más que espejos y mareas”.
He buscado en el ejercicio de la pintura aceptar mi mano y mi lugar. La pintura es, ante todo, presencia, fijeza impuesta al continuo devenir. Su tema, su índole, será siempre la existencia en sazón frente a la muerte, frente a la desaparición, la ausencia de cuanto amamos y la propia consunción del cuerpo ejercitante del creador. Y la denegación de la luz. Y la angostura. Pienso que pintar puede ser al tiempo un representar y un poseerse. Su aventura comparte con los demás aspectos de la vida la misma herida, carencia, falta de unidad, falibilibad, y la misma plenitud: la realidad pura de ser materia, jugo y figura, ritmo: revelación. Crecimiento en la soledad sin impostura. La soledad desnuda que disuelve el extrañamiento horada un cauce para la atención soberana ante el mundo físico: la contemplación. Y sentir entonces el tiempo de un modo estático. Aprehender el sentimiento de un tiempo estático e impugnar la calidad de los valores emotivos, su intensidad, recusar acaso lo real, inquirir lo sagrado, la vigencia de “belleza y verdad” con la necesidad de la inocencia, ingenuidad que en la historia de la pintura es infancia, origen, ¿destino?
Qué exista la comunicación, tal y como es planteada desde la “cultura” y los medios de masas, es la primera mentira. Nada se comprende en verdad si no se cree en ello. Sólo desde un sentimiento empático puede producirse el encuentro de dos soledades, su reconocimiento: empatía y “entrañamiento” cuyo movimiento más alto es la piedad. Bien es cierto que el arte de la pintura asume una misión parcial en base a unos recursos limitados y precarios, pero desde su propia especificidad y tradición es posible interpretar lo visible, traducirlo de tal modo que sea, enfrentando las convenciones, participación de nuestra experencia interior, de nuestra forma interior.
Pero hoy ¿qué nos consuela? ¿Qué forma llega a tu sensibilidad?¿No te basta la vida? Cuadros, palabras desplazadas, pequeñas tesseras de amistad. ¿Has aprendido ya la paciencia?¿Has aprendido bien la impaciencia?¿Has logrado sobrellevar tus vestigios morales junto a tus dudas y tu miedo?¿Qué impronta la de tu instinto, imantada hacia dónde? Y qué es la claridad que busco sino entendimiento al margen de la razón y la imaginación. Qué es el color mismo sino un exceso de lo real, qué su transparencia sino la emanación de la sencillez fundamental.
Al cabo, ruego por la gracia. Y que no usurpen tu mirada, que prevalezca tu visión enamorada y el grito antiguo con que encarar la ceguera definitiva: “¡más luz!”.